viernes, 12 de agosto de 2011

"Three weeks in Athena" Cap 11





Unas pocas horas después, Miley suspiró aliviada cuando el coche se detuvo junto a su apartamento en el sur de Londres. Había insistido en tomar un taxi, pero Nick no se lo había permitido.
Alargó la mano para abrir su puerta y se giró para dar las buenas noches. Nick ocupaba la otra esquina como un ángel vengador gigante. El pánico se apoderó de ella y se apresuró a abrir la puerta. Y justo cuando sacaba una pierna al asfalto, el horrible sonido de tela rasgándose detuvo su corazón. Una fría brisa le acarició los muslos.
Bajó la mirada y contempló boquiabierta la raja en la falda desde medio muslo hasta el bajo. Debía de haberse enganchado con algo. Sus blancos muslos brillaban en la noche.
Mientras procesaba todo aquello, oyó un frío y sardónico:
–No pareces tener mucha suerte con la ropa, ¿no?
Deseó que la tragara la tierra más que nunca. Oyó que él le decía algo a su chófer y que salía del coche. Ella no podía moverse, le aterraba la idea de hacer algo que terminara rompiendo del todo el vestido. Pero Nick estaba frente a ella con una sonrisa burlona y la mano extendida.
Con reticencia, ella se sujetó a su mano y sintió que el mundo giraba como loco conforme él la ayudaba a salir del coche. Con la otra mano se sujetó el resto del vestido, ruborizada a más no poder. Advirtió que él había agarrado su bolso de mano. Ese hecho y la forma en que él estaba mirándola le hicieron sentirse amenazada. Era la misma mirada de aquella famosa mañana en el despacho.
Se estremeció y se puso rígida al mismo tiempo e intentó soltarse.
–Debo de haberme enganchado con algo. Pero a partir de ahora ya no hay problema. Tú debes de estar impaciente por regresar a casa.
Nick la ignoró y la condujo al interior del edificio sin soltarla. Ella sentía la sangre ardiéndole en las venas.
–De veras, señor Jonas, mi puerta está muy cerca.
Incluso intentó detenerse, pero él se giró hacia el chófer.
–Eso es todo, Big Rob, puedes retirarte. Tomaré un taxi desde aquí.
– ¿Está seguro, señor? –preguntó el chófer sorprendido.
–Sí. Buenas noches, Big Rob.
Y así, antes de que ella pudiera reaccionar, se vio conducida a su puerta mientras Nick la miraba con impaciencia.
–¿Las llaves?
Miley resopló. Ver alejarse al chófer la asustó aún más.
–Señor Jonas, no tiene que hacer esto, de verdad. Por favor. Gracias por haberme traído, pero no debería haber dejado que Big Rob se marchara. No conseguirá encontrar un taxi por aquí...
Él la miró con sus cautivadores ojos verdes.
–Te he dicho que me llames Nick. Y ahora, tus llaves, por favor.
Igual que antes, ella le obedeció. Sabía que en parte se debía a su estado de conmoción. Sacó torpemente las llaves de su bolso mientras intentaba que el vestido no se abriera, y contempló sin decir nada cómo Nick abría el portal y los conducía al ascensor. La miró de nuevo con una ceja enarcada.
–Sexta planta –dijo ella débilmente.
Mientras el ascensor ascendía, Miley se preguntó si no sería un sueño. En cualquier momento se despertaría y sería lunes por la mañana y todo habría vuelto a la normalidad. Pero entonces el timbre sonó y Nick, su jefe, volvió a mirarla expectante. Ella no tuvo más opción que dirigirse a su puerta.
Su cerebro se negaba a funcionar con coherencia. No lograba ni preguntarse a sí misma qué estaba haciendo él allí. Al llegar a su puerta, se giró: necesitaba asegurarse de que la atravesaba sola y aquel hombre se quedaba fuera.
Extendió la mano para recuperar sus llaves, que él todavía sujetaba. Evitó su mirada.
–Gracias por asegurarte de que llego bien.
–Todavía no estás dentro.
Con más pánico que irritación, Miley lo fulminó con la mirada y agarró sus llaves. Abrió con mano temblorosa y estuvo a punto de llorar de alivio al ver su casa. Se giró y forzó una sonrisa.
– ¿Lo ves? Ya está. Y ahora, tuerce a la derecha cuando salgas del portal, la calle principal se encuentra a unos cien metros subiendo. Deberías encontrar un taxi por ahí.
Nick se apoyó desenfadadamente en la pared con las manos en los bolsillos del pantalón. En algún punto desde que se habían marchado del baile se había deshecho la corbata, que le colgaba junto al cuello también abierto de la camisa. Miley se sintió conmocionada de nuevo por el extraño comportamiento de él. ¿Estaría borracho?, se preguntó mirándolo con recelo. Pero recordó que, al igual que ella, no había probado una gota de alcohol en toda la noche... Sintió mariposas en el estómago.
– ¿No habías dicho que no conseguiría encontrar un taxi por aquí? ¿Me dejarías solo e indefenso por las calles de este barrio? Puedo llamar a uno desde tu apartamento... y me encantaría tomarme un café.
Él y la palabra «indefenso» no cuadraban. Miley le vio sonreír y, por unos instantes, todo le dio vueltas. Estaba siendo objeto del lado más encantador de su jefe. De pronto, oyó que el ascensor funcionaba, más gente regresaba de fiesta. Le aterró la idea de que pudiera ser su divertida pero fisgona vecina. Podía imaginarse intentando explicar qué hacía un guapísimo magnate griego de metro ochenta y cinco en su modesta entrada. De pronto, el vestido pasó a ser la menor de sus preocupaciones.
–De acuerdo. Te pediré un taxi y te pondré un café –dijo entrando en su casa.
Nick la siguió, impregnando la habitación con su dinamismo, y ella cerró la puerta justo cuando se oía la risa borracha de su vecina. Suspiró aliviada.
Mientras Nick se paseaba por su humilde salón, Miley reparó en un sujetador de encaje sobre una silla de la cocina. Se abalanzó sobre él. Y justo vio que Nick la miraba y se le encogió el estómago.
–Café –balbuceó–. Voy a preparar el café.
Se apresuró a la cocina, escondió el sujetador en un armario, sacó café y puso agua a hervir. Por el rabillo del ojo miraba de vez en cuando al salón. Nick seguía paseándose. Se había quitado la chaqueta y ella se recreó en su ancha espalda, su cintura estrecha, sus glúteos firmes y largas piernas...
El pitido del hervidor de agua le hizo dar un respingo y se quemó con algunas gotas. Se sujetó el vestido y, al regresar al salón, advirtió que Nick había encendido algunas velas. La cálida luz daba a la atmósfera una intimidad que le aceleró el pulso. Tuvo un vago impulso de ir a cambiarse el vestido, pero no podía desvestirse mientras él estuviera cerca. Reparó entonces en que él estaba contemplando una foto con el ceño ligeramente fruncido y le aterró la idea de que reconociera a la mujer de la foto. Le tendió la taza de café, obligándole a dejar el retrato.
– ¿Sois tu madre y tú? –inquirió él señalándolo con la cabeza.
Miley miró la foto y contuvo el deseo de esconderla donde nadie la viera. Era una de sus imágenes favoritas junto a su madre, tomada en París a sus doce años. Estaban abrazadas para protegerse del frío, con los rostros juntos. La imagen evidenciaba que Miley no había heredado la delicada belleza de su madre. Por aquel entonces ya la superaba en altura.
–Sí –respondió cortante.
Nick la miró: estaba tan nerviosa y asustadiza como un potro, evitando su mirada y sujetando su vestido como si le fuera la vida en ello. Ver sus blancos muslos por la raja del vestido había terminado de encenderle: había necesitado todo su autocontrol para no acariciar aquellas exuberantes piernas. Especialmente tras una noche de tortura, intentado concentrarse en el trabajo con ella a su lado. Acompañarla a su apartamento había sido algo tan necesario como respirar. Pero en aquel momento, al verla tan nerviosa, se obligó a dar un paso atrás.
Miley señaló bruscamente un sofá junto a la ventana.
–Por favor, siéntate mientras te tomas el café. Voy a llamar a un taxi. A estas horas puede que tarde un rato en venir.


2 comentarios:

  1. ahh me encaantho el capi geneal enceriio ah esperoooo prontiitoo el siguientee ahh quiero otro capiii

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  2. wauu m re encantaron los cap!!espero q la sigas y no tardes!! un beso muy grande ;)

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