lunes, 28 de julio de 2014

Path to Love Cap 4




Nicholas la observó durante un instante. Aquella muchacha no era simplemente del montón, sino que era fea. Por muy duro que pudiera resultar, no había otra palabra que pudiera describir su apariencia. Tenía el rostro muy cuadrado, ojos cobijados bajo espesas cejas marrones y una expresión de amargura en el rostro.
—Me llamo Nicholas Jonas. Estoy aquí en nombre del signor Cyrus.
Al escuchar el nombre del que era su abuelo, la expresión de la muchacha varió ligeramente, volviéndose aún más dura y severa que antes.
—¿Lo conoce? —le preguntó Nicholas, Sorprendido.
—Conozco perfectamente el apellido Cyrus —replicó con dureza la muchacha—. ¿Por qué ha venido usted aquí?
—El signor Cyrus acaba de enterarse de que usted existe —le dijo, con un cierto tono de reprobación.
—¡Eso es mentira! —le espetó la muchacha—. ¡Mi padre siempre ha sabido que yo existía!
—Yo no me refería a su padre, sino a su abuelo. Él acaba de enterarse de quién es usted.
—Bueno, pues que le zurzan. Ahora, si eso es todo lo que ha venido a decirme, puede marcharse.
—No pienso hacerlo —replicó Nicholas, con expresión dura en el rostro—. He venido para informarle de que su abuelo, Ronald Cyrus, desea que vaya usted a Italia.
—¿Qué desea que yo vaya a Italia? ¿Está loco?
—Señorita Finley —dijo Nicholas, tratando de controlarse ante la actitud que mostraba la muchacha—, su abuelo es un anciano muy frágil. La muerte de su hijo ha supuesto un duro golpe para él y…
—¿Dice usted que mi padre ha muerto?
—Sí. Falleció en un accidente náutico el verano pasado.
—El verano pasado —repitió ella—. Lleva muerto todo ese tiempo… —añadió. Tras unos instantes, la expresión de resentimiento volvió a reflejarse en su rostro—. Ha perdido el tiempo viniendo hasta aquí, señor Jonas. Es mejor que se vaya.
—Eso no es posible. Su abuelo desea que usted me acompañe a Italia.
—No pienso hacerlo. Mi padre trató a mi madre de un modo imperdonable. ¡No deseo tener nada que ver con esa familia!
—Tal vez no comprenda usted que su abuelo es un hombre muy rico. Uno de los más ricos de Italia. Acceder a sus deseos sería muy beneficioso para usted, señorita Finley.
—¡Espero que se atragante con todas sus riquezas! —rugió ella, apoyándose en la mesa—. Dígale que, por lo que a mí respecta, no tiene ninguna nieta. ¡Igual que su hijo jamás tuvo hija alguna!
—Ronald no es responsable de que su hijo se negara a reconocerla a usted…
—En ese caso, resulta evidente que la educación que le dio fue pésima. De eso sí que fue responsable y falló miserablemente a la hora de hacerlo. Su hijo era un ser despreciable… ¿Por qué iba yo a querer dedicarle tiempo a un hombre como ése?
Nicholas se puso de pie. El repentino movimiento hizo que la silla se arrastrara violentamente por el suelo.
—¡Basta! Efectivamente, es mejor que usted no vaya a visitar a su abuelo, dado que sería una completa desilusión para él. Desgraciadamente, ahora tengo el deber de decirle a un hombre anciano y enfermo, que sufre la trágica muerte de su hijo único, que su único pariente vivo es una jovencita maleducada y poco considerada que está dispuesta a culparle de todo sin siquiera conocerlo. Que tenga un buen día.
Sin más, el italiano se marchó de la cocina y de la casa. A los pocos segundos, Miley oyó que el motor del coche se ponía en marcha y que éste se alejaba en la distancia.
En aquel momento, se dio cuenta de que estaba temblando. Decidió que había sido por la sorpresa de haber establecido el primer contacto con su familia de Italia. Durante toda su vida, había tenido que escuchar cómo el apellido de su padre era despreciado. De hecho, cuando se le mencionaba, aunque muy raramente, las palabras dirigidas hacia él estaban llenas de hostilidad y condena. Sus abuelos le habían dejado muy claro lo despreciable que era su padre…
Estaba muerto…
Jamás había esperado, ni deseado, que algún día pudiera conocerlo, pero enterarse tan de repente de su fallecimiento la había conmocionado profundamente.
«Mi padre ha muerto. Ya nunca podré conocerlo… Siempre me rechazó, hasta el punto de llegar a ignorar mi existencia. No le importé nada. No era nada más que un playboy egoísta y mimado, acostumbrado a utilizar a las mujeres como si fueran juguetes y salirse con la suya por el simple hecho de ser guapo y rico… Como el hombre al que han enviado aquí».
De mala gana, miró hacia el lugar en el que había estado sentado su inesperado visitante y la expresión de su rostro se hizo aún más amarga. Entonces, volvió a cuadrar los hombros. Tenía mucho trabajo que hacer. Se levantó y volvió al exterior para ir a recoger otro cargamento de leña bajo la lluvia.


Nicholas tomó asiento en el cómodo sillón con una cierta sensación de alivio y miró a su alrededor. Estaba en el cálido y elegante salón de su suite del Lindford House Hotel, que su asistente personal le había reservado antes de salir de Roma. ¡Así debía ser una casa de campo en Inglaterra, no como la casucha en la que vivía Miley Cyrus!
Tomó un sorbo de martini y decidió que la muchacha no tenía nada bueno. Ni en aspecto ni en personalidad. Se había sentido enfadado por cómo lo había manipulado Ronald, pero en aquellos momentos sólo podía apiadarse de él por la nieta que tenía. La desilusión del anciano sería enorme.
En otras circunstancias, se habría apiadado de aquella muchacha por su falta de atractivo, pero sus modales y su personalidad habían sido tan desagradables que le resultaba imposible.
Con gesto impaciente, tomó el menú para decidir qué era lo que iba a tomar para cenar. La desagradable nieta de Ronald ya no era de su incumbencia. Había hecho lo que Ronald le había pedido. Si ella se negaba a acompañarlo a Italia, no era su problema.
Desgraciadamente, cuando Nicholas regresó a Italia, comprobó que Ronald no compartía esta opinión.
—¿Qué ha hecho qué? —preguntó con incredulidad Nicholas, dos días más tarde.
La pregunta era retórica. Tenía la respuesta frente a sus ojos, en el informe que su ayudante personal le había entregado. Estaba firmado por el presidente de Cyrus-Jonas y le informaba que ya no era necesario que siguiera prestando sus servicios como director ejecutivo.
La ira se apoderó de él, pero comprendió perfectamente la razón que había detrás de todo aquello. Ronald no había aceptado que Miley Finley se hubiera negado a visitarlo. Nicholas le había dicho al anciano bien claro lo hostil que la muchacha se había mostrado hacia él. En aquel momento, deseó haber sido menos sensible a los sentimientos de Ronald.
—Llama a Ronald —ordenó—. ¡Ahora mismo!


viernes, 18 de julio de 2014

Path to Love Cap 3



La inescrutable figura habló por fin.
—Yo soy Miley Finley. ¿Qué es lo que desea?

Nicholas la observó con incredulidad.

—¿Usted es Miley Finley? —preguntó.

La expresión que el recién llegado tenía en el rostro la habría hecho reír en otro momento, pero Miley estaba demasiado abrumada por la presencia de ese hombre como para que le resultara divertida. ¿Qué diablos estaba haciendo un hombre como ése en Wharton, buscándola a ella? Aquel hombre no sólo estaba fuera de lugar allí, sino que, además, era tan guapo… Cabello oscuro como la noche, ojos también oscuros y un, rostro que parecía tallado por el cincel de Miguel Ángel. Su piel tenía un bronceado natural y su elegante ropa de diseño anunciaba a gritos que no había sido realizada en Inglaterra, ni siquiera por el mejor sastre de Savile Row. Era tan extranjera como aquel desconocido. Además, su voz, aunque modulada con un perfecto inglés, tenía acento. Italiano. Efectivamente. Eso concordaba perfectamente con su aspecto. Sin poder evitarlo, un extraño sentimiento se despertó en su interior, sentimiento que suprimió inmediatamente. No. Sólo se trataba de una coincidencia. Nada más. A pesar de todo, se preguntó qué podría estar haciendo un hombre como aquél frente a la puerta de su casa.
—Sí —respondió, secamente—. Soy Miley Finley. ¿Usted es…?
Esperó pacientemente, pero el hombre siguió mirándola sin molestarse en ocultar la expresión que tenía en los ojos. Expresaba mucho más que sorpresa. Miley conocía perfectamente aquella mirada. La había estado viendo en los ojos de los hombres que la observaban toda su vida. Esa mirada le decía que, para ellos, no contaba como mujer.
Este hecho había sido un alivio para sus abuelos, dado que lo que más habían temido era que el destino de la hija se volviera a repetir en la nieta. Sus abuelos jamás habían podido superar la vergüenza de que su hija fuera madre soltera ni el estigma de la ilegitimidad de su nieta. A pesar de lo mucho que la quería, Miley sabía que sus abuelos jamás habían podido asimilarlo. Por ello, Wharton era un lugar muy apropiado para ocultarse del mundo. Sin embargo, le intranquilizaba el hecho de que alguien hubiera podido encontrarla allí, alguien cuya nacionalidad era la menos bienvenida que podría ocurrírsele…
Tenía que ser una coincidencia. A pesar de todo, estaba decidida a averiguar qué estaba haciendo aquel hombre allí.
—Tal vez no me ha oído. Soy Miley Finley. ¿Qué desea? —repitió, con voz cortante.
El hombre volvió a mirarla. Vio la expresión a la que ya estaba acostumbrada en sus ojos, pero en aquella ocasión, había algo más. La intranquilidad se apoderó de ella. ¿Qué ocurría? ¿Quién era ese hombre y por qué estaba allí?
—Si no puede decirme a qué ha venido, debo pedirle que se marche.
Vio que la ira se reflejaba en los ojos del desconocido. Evidentemente, no le gustaba que le hablaran de aquella manera. Tensó los labios.
—Tengo un asunto de suma importancia que comunicarle —dijo—. Tal vez usted tenga la cortesía de abrir la puerta para que podamos hablar en el interior de la casa.
Las dudas de Miley resultaron más que evidentes. En los oscuros ojos del desconocido se reflejó un gesto burlón.
—Le aseguro que está a salvo conmigo, signorina.
Miley se ruborizó ligeramente al oír aquellas palabras. No necesitaba sornas para comprender que ningún hombre intentaría flirtear con ella.
—La puerta está cerrada con llave. Espere aquí.
Nicholas observó cómo ella rodeaba la casa y desaparecía. ¡Dios santo! ¡Aquella mujer era un adefesio! ¿Cómo había podido William tener una hija así? Era un hombre muy guapo y jamás se habría molestado en seducir a la madre de aquella muchacha si ella no hubiera sido hermosa. ¿Adónde había ido a parar todo aquel legado genético?
Después de lo que pareció una espera interminable, la puerta se abrió y Nicholas pudo acceder al interior de la casa. Notó inmediatamente el olor a humedad y la oscuridad que lo rodeaba.
—Por aquí —le dijo la muchacha.
Aún llevaba puestos unos impresentables pantalones de pana, aunque el hecho de que se hubiera despojado del abrigo no había mejorado su apariencia. Llevaba puesto un enorme jersey tejido a mano, con un agujero en un codo y larguísimas mangas. Su cabello era indescriptible. Una lacia melena recogida de mala manera con una goma elástica.
Ella lo condujo a la cocina decorada al estilo de mucho tiempo atrás y que estaba caldeada por una estufa de muchos años de antigüedad.
—Bueno, ¿quién es usted y qué es lo que quiere decirme?
Nicholas tomó asiento y la examinó de nuevo.
—¿Y dice usted que es Miley Finley?

—Ya le he dicho que sí —respondió ella, con hostilidad—. ¿Y usted es…?


jueves, 10 de julio de 2014

Path to Love Cap 2



Miley cuadró los hombros y levantó la pesada carretilla. La montaña de leña húmeda que acababa de recoger se tambaleó durante un instante, pero no se cayó. Parpadeó para sacudirse las gotas de lluvia de las pestañas y empezó a andar hacia la puerta de la verja que conducía al jardín trasero. Estaba completamente empapada, pero no le importaba. Estaba acostumbrada a la lluvia porque llovía mucho en aquella parte del país. Cuando llegó a la superficie asfaltada del jardín trasero sus progresos resultaron algo más fáciles. Se dirigió con su carga a la leñera. La leña era muy valiosa y ayudaba a rebajar las costosas facturas del gas y de la electricidad.
Ella necesitaba ahorrar todo lo que pudiera, no sólo para las reparaciones más esenciales que había que realizar en la casa, que había estado algo descuidada incluso cuando sus abuelos vivían debido a la falta de liquidez, sino también para los impuestos que tenía que pagar por Wharton después de heredarla.
La ansiedad se apoderó de ella. Su cerebro le decía que lo más sensato era vender la propiedad, pero su corazón se negaba a hacerlo con vehemencia. No podía hacerlo. Era la única casa que era capaz de recordar, su refugio del mundo. Sus abuelos la habían criado allí después de la lamentable y vergonzosa tragedia que le había acaecido a su madre, una mujer que había fallecido soltera, dejando atrás una hija ilegítima, concebida con un hombre que se había negado a reconocerla.
Como no tenía ingresos que acompañaran a la propiedad, la única esperanza que Miley tenía de poderse quedar con ella era convertirla en una casa de alquiler para vacaciones, pero eso requería una cocina nueva, baños en todas las habitaciones, una nueva decoración, montones de arreglos… Todo resultaba demasiado caro.
Lo peor era que el primer pago de impuestos era inminente. El único modo que tenía de pagarlo era vender los últimos cuadros y antigüedades que quedaban en la casa. A Miley no le gustaba la idea de venderlos, pero no le quedaba más remedio.
La ansiedad, su constante compañera, volvió a apoderarse de ella.
Mientras vaciaba la carretilla en la leñera, oyó que un coche se acercaba a la casa. Miley recibía muy pocas visitas. Sus abuelos habían sido personas muy reservadas y a ella le gustaba seguir haciendo lo mismo. Dejó la carretilla y se dirigió a la fachada principal de la casa. Vio que un reluciente automóvil se había detenido frente a la puerta principal. A pesar de que tenía los laterales manchados de barro, seguía pareciendo tan elegante, caro y fuera de lugar como si hubiera sido una nave espacial. Sin embargo, todavía más fuera de lugar resultaba el hombre que acababa de descender del vehículo. Miley lo observó atentamente, boquiabierta y parpadeando bajo la lluvia.
Nicholas descendió del coche con expresión sombría. Le resultaba casi imposible contener su malhumor. A pesar de que contaba con la ayuda de un navegador, aquellos senderos serpenteantes y sombríos le habían resultado prácticamente imposibles. Entonces, cuando por fin había conseguido llegar, la casa parecía vacía. La casa presentaba un aspecto descuidado y abandonado, lo mismo que el jardín que la rodeaba.
Para protegerse de la lluvia, se refugió en el desvencijado porche. Llevaba lloviendo sin parar desde que aterrizó en Exeter y no parecía que fuera a parar. Nicholas miró la casa una vez más y al ver su estado de abandono se preguntó si estaba tan vacía como parecía.
El crujido de la grava le hizo darse la vuelta.
No. No estaba tan vacía.
Vio que se le acercaba una figura ataviada con pesadas botas y cubierta con la capucha de un raído impermeable. Decidió que sería algún empleado de la casa.
—¿Está la señorita Finley? —le preguntó.
Miley Finley. Así se llamaba la hija de William. Según las pesquisas que Nicholas había realizado, su madre, Leticia Finley, y William se habían conocido mientras ella visitaba Italia cuando estaba estudiando Arte. Aparentemente, Leticia fue una mujer bonita e ingenua y lo ocurrido había sido lo único que se podía esperar. Nicholas también había descubierto que Leticia Finley murió cuando su hija tenía tres años y que la muchacha había sido criada por los abuelos maternos en aquella casa.
Al menos, la muchacha se pondría loca de contenta al descubrir que tenía un abuelo muy rico esperando ocuparse de ella. Aquel lugar era una ruina.
Estaba de muy mal humor. No quería estar allí, prácticamente actuando como recadero de Ronald, pero éste le había indicado que cuando tuviera a su nieta a su lado, quería jubilarse para poder estar más tiempo al lado de la joven. Aquello le convenía a él.
—¿Está en casa la señorita Finley? —repitió con impaciencia.


domingo, 6 de julio de 2014

Path to Love Cap 1



— ¿Qué quieres decir con eso de que vas a seguir siguiendo el presidente?
La voz con la que había hablado era dura y denota a claramente su enfado. Sin embargo, por respecto hacia el hombre al que se había dirigido, un hombre que le doblaba la edad, Nicholas Jonas ejerció un férreo control sobre su ira.
—La situación ha cambiado —replicó el otro hombre con voz sombría. Estaba sentado en un sillón de cuero, en la biblioteca de una mansión del siglo XVIII situada en la campiña romana.
Nicholas contuvo el aliento secamente. Su esbelto cuerpo iba vestido con un traje hecho a medida por uno de los diseñadores italianos más elegantes. Llevaba el cabello oscuro muy bien cortado, enmarcando un rostro cuyos rasgos eran dignos de una estrella de cine. Tenía los ojos oscuros y con largas pestañas, pómulos bien marcados, mandíbula firme y una boca bien delineada y muy expresiva que, en aquellos momentos, mostraba un gesto serio y tenso.
—Siempre había dado por sentado que tú dimitirías en mi favor…
—Eso sólo lo habías pensado tú, Nicholas —dijo el otro hombre—. No existe ningún documento que me comprometa legalmente. Simplemente diste por sentado que cuando William muriera… —susurró. La voz se le quebró durante un instante. Luego se recuperó y siguió hablando—. Además, como te he dicho, la situación ha cambiado de un modo que yo jamás habría podido imaginar. Yo jamás podría haberme imaginado… —musitó, con aspecto viejo y cansado. Aparentaba todos y cada uno de sus setenta años.
   ¿Qué es lo que ocurre, Ronald? ¿Qué es lo que jamás podrías haberte imaginado? —preguntó Nicholas, con impaciencia.
—William jamás me lo contó. Lo he descubierto ahora, cuando tuve que examinar todos sus efectos personales. Lo que descubrí me sorprendió profundamente. Las cartas tienen más de veinticinco años —dijo, tras una pequeña pausa, como si deseara tomar fuerzas—. No sé por qué las guardó. No pudo ser por motivos sentimentales, porque la última de ellas dice que no habrá más, que quien las escribe acepta que William no vaya a responder. Sin, embargo, sea por la razón que sea, esas cartas existen y precisamente su existencia lo cambia todo.
— ¿Cómo? —preguntó Nicholas, con rostro impenetrable.
Sabía que el anciano se mostraba reticente y a él se le estaba acabando la paciencia. Desde que William, el hijo de cuarenta y cinco años de Ronald y soltero empedernido se había matado con una potente lancha hacía diez meses, Nicholas parecía haber sido el elegido para dejar de ser el director gerente de la empresa que su difunto padre y Ronald Cyrus fundaron juntos y convertirse en presidente. Le había dado tiempo a Ronald para superar su pérdida e incluso había aceptado que el anciano ejerciera de presidente interino para que pudiera superar el dolor de la muerte de su hijo. No obstante, ya había esperado suficiente. Ronald le había dado a Nicholas razones más que suficientes para pensar que iba a retirarse antes de que se cerrara el año fiscal y entregarle todo el control a él. La frustración se apoderó de él. Tenía otros lugares mucho mejores en los que estar, cosas que hacer, planes que llevar a cabo. Viajar hasta la campiña romana no había figurado en su agenda. De hecho, se le ocurrían una docena de lugares en los que prefería estar en aquellos momentos, empezando con el apartamento que Olivia Culpo tenía en la Ciudad Eterna. Olivia, cuyos voluptuosos encantos tenía reservado en exclusiva en aquellos momentos…
Miró a Ronald y vio que éste había envejecido mucho desde la muerte de su hijo. Tal vez nunca había tenido una buena relación con William, que siempre había llevado un estilo de vida alocado, pero su muerte había supuesto un duro golpe para el anciano.
— ¿Cómo, Ronald? —reiteró Nicholas.
Cuando levantó la vista para mirarlo, los ojos de Ronald tenían una expresión extraña.
—Como sabes, mi hijo se negó siempre a casarse, prefiriendo su disoluto estilo de vida. Por eso, tenía pocas esperanzas de que mi apellido continuara al frente de esta empresa. Sin embargo, esas cartas eran de una mujer, una joven inglesa que imploraba a William que fuera a verla, que al menos respondiera a sus cartas. La razón que tenía para escribirlas era…
Volvió a hacer una pausa. Nicholas fue testigo de la emoción que embargaba su rostro.

—Tuvo una hija de William. Mi nieta —anunció, apretando con fuerza los brazos del sillón—. Quiero que la encuentres y me la traigas, Nicholas.


sábado, 5 de julio de 2014

Path to Love Sinopsis





Tenía intención de acostarse con aquella mujer… pero no de casarse con ella.
Nicholas Jonas conocía bien a las mujeres y sabía que no había ninguna a la que no pudiera seducir… hasta que se cruzó en su camino Miley Cyrus y descubrió que había una excepción a la regla.

Miley era una mujer sencilla y pobre que se escondía tras su aburrida apariencia para no acercarse a nadie… incluyendo a Nicholas. Lo que ella no sospechaba era que tenía la llave que abría la puerta para que él consiguiera el poder empresarial que tanto deseaba. Así pues, Nicholas tendría que seducir a aquel patito feo hasta llevársela a la cama… allí sabría lo que era sentirse bella y deseada.