lunes, 13 de febrero de 2012

"Die Frau hinter der Maske" Cap 10





El sábado había llegado con demasiada rapidez. Dejando atrás para Miley una agradable cena el miércoles, junto a su hermana y sus padres con motivo de su cumpleaños. La velada se había visto brevemente interrumpida para telefonear al señor Jonas y recordarle que a las ocho debía estar en su piso para encontrarse con su hermano Joe. Esto, por supuesto que a ella le había significado una grave reprimenda por parte de Demi, quien no había dudado en puntualizar por milésima vez, qué tan caradura era su jefe. Con respecto a su trabajo, tanto el jueves como el viernes no había habido casi nada fuera de lo común. 
Había llevado los proyectos laborales de Jonas Publisher, retirado de una elegantísima casa de ropa formal masculina el finísimo traje negro que vestiría Nick  en el baile de máscaras, concretado reuniones, hecho llamados telefónicos, despachado correspondencia y también, enviado un nuevo ramo de flores el día viernes, ésta vez dedicado a Lilian Evans.
Y aquí estaba ahora Miley Cyrus, el sábado, después del almuerzo, entregada de pies a cabeza a su hermana Demi, quien había prometido cambiarle totalmente la apariencia. Miley, vistiendo uno de sus pantalones de jean de color negro (dos talles más grandes de lo necesario), una horrible chaqueta azul marino recta y larga hasta la cadera, el infaltable y aburridísimo rodete y un par de lentes oscuros, salió a la calle arrastrada por su hermana y antes de darse cuenta, ya estaba en el auto rumbo a un salón de belleza.
 Demi ofrecía una visión absolutamente diferente. Tenía un par de centímetros más de altura que Miley y era mucho más delgada. No tanto cómo las modelos, pero delgada al fin. Además le gustaba vestir ropa colorida y a la moda. Dueña de un estilo desenfadado e informal lucía el cabello muy corto y con peinados modernos desmechados y con mechas de colores. Al mirarlas detenidamente se podían apreciar algunos parecidos entre ellas, sobre todo en la forma de los ojos y en la boca, pero en general, eran mayores las diferencias. Miley siempre había dicho, un poco en broma, mucho en serio, que en la distribución de cualidades, Demi se había llevado toda la belleza y que a ella sólo le habían dejado unas pobres migajas. Y al observarlas ahora, una junto a la otra, muchos hubiesen afirmado que Miley no se equivocaba.
 Después de casi veinte minutos de trayecto, por avenidas atestadas de vehículos, llegaron a un salón pintado en colores pasteles y con una gran marquesina sobre las puertas de cristal.
 Demi no permitió que su hermana se mirara en ningún espejo. Según había dicho, ¡Era para que el efecto del cambio fuese total!  En el salón de belleza, que había resultado ser un spa urbano, le prodigaron todo tipo de terapias, masajes, tratamientos, y demás. No quedó un solo centímetro del cuerpo de Miley que no hubiese sido tocado por alguna de las profesionales, ya sea con ceras depilatorias, cremas exfoliantes, aceites perfumados y mascarillas de chocolate… La lista era interminable.
 Habían terminado y Miley no tenía idea de cómo se veía.  Ya casi anochecía. Después de horas impagables de relax, ella había vuelto a ponerse su ropa y había salido del spa sin haber podido espiar en ningún espejo. Sólo veía que sus manos tenían una perfecta manicura y que sus uñas habían sido pintadas con un esmalte coralino nacarado, casi imperceptible. Le resultaba extraño que esas manos suaves y tan arregladas fuesen las suyas.
Normalmente solía limar sus uñas y darles una mano de brillo, también se ponía cremas en todo el cuerpo y el rostro y eso, definitivamente incluía a sus manos, pero jamás, de ninguna manera, había logrado semejante resultado. Sabía que sus pies habían quedado en las mismas condiciones impecables, el resto era un enigma.
 Al llegar al edificio dónde tenían el departamento, Miley notó las primeras miradas de sorpresa. En el camino desde la acera hasta su piso se toparon con el conserje y con un par de vecinos, que si bien no se atrevieron a decirle nada, no habían podido ocultar el asombro. Miley no estaba segura si era porque el cambio era bueno o porque estaba peor que antes. Para acrecentar su incertidumbre, Demi sólo se limitaba a sonreírle y a evitar que ella encontrara su reflejo.
 Al llegar a su cuarto, Miley encontró sobre su cama el vestido más hermoso que había visto jamás. Era en color azul hielo, y aunque no era el vestido con el escote en la espalda, era un modelo súper sexy.
—Demi, yo no puedo ponerme esto. ¡Ojala tuviera la figura para lucirlo!, pero las dos sabemos que ni siquiera entraré allí.
—Miley, creo que tienes una percepción muy distinta de cómo es tu cuerpo en realidad— le dijo su hermana seriamente—. Y si continúas insistiendo en tales bobadas, me veré obligada a llevarte a una cita con el psicólogo— sentenció.
—¡Pero Demi! ¡Mira esa cintura!— tenía el vestido de seda entre sus manos—. Te digo que no es de mi talla.
—¡Ay Miley! Verás que esa es tu verdadera talla y no esas bolsas que luces cada día— expresó con cariño y con toda la paciencia que había adquirido con años de yoga y meditación—. ¡Vamos! ¿Qué esperas para vestirte?— le dijo levantando unas diminutas bragas de encaje del mismo color del vestido y un par de medias de seda con unas liguitas bordadas.


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