lunes, 28 de enero de 2013

Obsesión Implacable Cap 3




— ¡Estás fabulosa!
Miley Cyrus esbozó una sonrisa al oír el cumplido de Liam Kinnear.
—Gracias, hermano querido.
—No me llames así. Yo no soy tu hermano.
—Pero lo serás dentro de un par de horas, cuando tu padre se case con mi madre.
—Hermanastro a lo sumo. No somos parientes de sangre y puedo suspirar por ti si quiero.
—No. Tú serás el hermano que siempre he querido. Mi pequeño hermanito.
— ¡Hermanito! ¡Si soy mayor que tú!
Era cierto. Él tenía treinta y siete años, mientras que ella sólo tenía treinta y dos. Sin embargo, había algo aniñado en él que resultaba entrañable. Él la admiraba mucho, y ella entendía por qué. La delgaducha Miley de la adolescencia había florecido con los años y, aunque no era hermosa según la definición de Hollywood, sí podía considerarse atractiva. Tenía una personalidad chispeante que resplandecía en sus expresivos ojos y un agudo sentido del humor. Para desviar la atención de Liam, comenzó a hablar de Jennifer, la aspirante a actriz que le acompañaba esa noche.
—Estáis espectaculares esta noche. Todo el mundo verá lo afortunado que eres.
—Yo preferiría haber venido contigo —dijo él, suspirando.
— ¡Oh, para ya! después de todas las molestias que Tish se tomó para que ella te acompañara. Deberías estar agradecido.
—Jennifer es maravillosa —admitió—. Por lo menos Jonas no podrá estar a la altura.
— ¿Jonas? ¿Quieres decir Nicholas Jonas? —Preguntó Miley de repente—. ¿El auténtico Nicholas Jonas?
—No hay necesidad de decirlo así, como si fuera importante —dijo Liam.
—Parece que sí lo es. ¿No estaba...?
—Eso no importa. Probablemente no venga con una mujer colgada del brazo.
—He oído que tiene fama de mujeriego.
—Cierto. Pero nunca las exhibe en público. Demasiado lío, supongo. Para él son como pañuelos de usar y tirar.
—Te diré una cosa. Probablemente más de la mitad de las mujeres invitadas a esta boda han pasado por su cama.
—Lo odias, ¿verdad? —preguntó ella con curiosidad.
—Hace años tuvo algo con una chica de mi familia, pero la trató muy mal.
— ¿Cómo?
—No sé los detalles. Nadie lo sabe.
—Entonces a lo mejor fue ella quien lo trató mal —sugirió Miley—. Y él puede haber reaccionado mal porque estaba desilusionado.
Liam la fulminó con la mirada.
— ¿Y por qué piensas algo así?
—No lo sé —dijo ella, confusa.
Una voz misteriosa acababa de susurrar algo desde un rincón de su mente, pero no era capaz de distinguir las palabras. Era una voz que venía de mucho, mucho tiempo atrás; una voz que la perseguía a través de los años. Trató de escuchar, pero sólo encontró silencio.
—Ella huyó, y poco tiempo después oímos que estaba muerta. Fue hace muchos años, pero por aquel entonces él ya sabía cómo clavar cuchillos por la espalda. Ten cuidado. En cuanto se entere de que estás emparentada con la familia, tratará de seducirte, sólo para demostrar que puede hacerlo.
— ¿Seducirme? —Repitió Miley con una nota de humor—. ¿Pero qué crees que soy, una frágil damisela indefensa? después de tanto tiempo en el mundo del cine he aprendido a usar el cinismo como arma de defensa. Créeme. De hecho a veces soy yo la que seduce.
Los ojos de Liam brillaron.
—Ah, en ese caso... —dijo, alzando las manos.
—Vamos —dijo ella con firmeza—. Ya es hora de ir a buscar a Jennifer.
Para el alivio de Miley, él se alejó. Había algunas facetas de Liam que eran más que preocupantes, pero eso podía esperar. Se suponía que iba a ser un día feliz.
Comprobó la cámara. Ese día habría un auténtico ejército de fotógrafos profesionales pululando por la sala, pero Tish, a la que siempre llamaba por su nombre de pila aunque fuera su madre, le había pedido que hiciera algunas fotos privadas para la familia.
Se miró en el espejo por última vez y entonces frunció el ceño. Tal y como había dicho Liam, estaba espléndida, pero lo que estaba bien para otras mujeres, no estaba tan bien para la hija de Tish Cyrus. Era el gran día de la novia y sólo ella tenía el derecho a acaparar toda la atención.
—Algo un poquito más discreto —murmuró, mirándose, y entonces fue a buscar un vestido más oscuro y simple, casi puritano.
Se lo puso, se retorció su exuberante mata de pelo en un moño y entonces volvió a mirarse.
—Mejor. Ahora nadie se fijará en mí —se dijo.
Durante sus treinta y dos años de vida había aprendido a vivir a la sombra de su madre, siempre teniendo cuidado de no eclipsar a la rutilante estrella. Sin embargo, eso ya no le suponía ningún problema. Ella quería a su madre, pero su vida estaba en otra parte.
La novia ya se había mudado a la gran mansión y en ese momento ocupaba la suite que pertenecía a la señora de la casa. Miley fue en su busca antes de empezar.
Y entonces las cosas se torcieron.
Tish dio un grito cuando vio a su hija.
—Cariño, ¿en qué estabas pensando cuando te pusiste ese vestido? pareces una institutriz de la época victoriana.
Miley, que ya estaba acostumbrada a la poca sutileza de su madre, no se lo tomó mal.
—Pensé que sería mejor ser un poco discreta. Tú eres la que tiene que llamar la atención de todos. Y estás absolutamente maravillosa. Vas a ser la novia más hermosa del mundo.
—Pero la gente sabe que eres mi hija —dijo Tish—. Si sales ahí fuera aparentando diez años más, ¿qué van a decir de mí?
—A lo mejor podrías fingir que no soy tu hija —dijo Miley con un amargo sentido del humor.
—Demasiado tarde para eso. Ya lo saben. Tienes que verte joven e inocente, o de lo contrario empezarán a preguntarte cuántos años tengo. De verdad, cariño, tienes que ponerte algo más llamativo.
—Lo siento. ¿Voy a cambiarme entonces?
—Sí, por favor, y hazlo rápido. Y suéltate el cabello.
—Muy bien. Me cambiaré. Que tengas un día maravilloso.
Le dio un beso a su madre y ésta la abrazó como si no hubiera pasado nada. Tish Cyrus siempre se salía con la suya.
Al salir de la habitación, Miley sonreía, pensando que era una suerte conservar intacto el sentido del humor. Treinta y dos años de vida como hija de Tish Cyrus  tenían sus ventajas, pero también habían puesto a prueba su paciencia en más de una ocasión.
De vuelta en su dormitorio, volvió a cambiarse el vestido, se soltó el pelo y se dispuso a hacer acto de presencia en los festejos. Salió al enorme jardín donde estaba la multitud de invitados y comenzó con las presentaciones, sonriendo y diciendo las cosas adecuadas. Sin embargo, de vez en cuando, su mirada se desviaba a un lado y a otro, en busca de un hombre.
Nicholas Jonas...
¿Habría llegado ya?
Aquella extraña hora que habían pasado juntos tantos años atrás se había convertido en un sueño, pero él siempre había estado ahí. Había seguido su carrera a través de los medios, recopilando los escasos datos de su vida privada que alguna vez se filtraban a la prensa. Todavía seguía soltero y, desde la muerte de su padre, momento en el que se había convertido en el director de Jonas Shipbuilding, vivía solo. Eso era todo lo que el mundo sabía de Nicholas Jonas. En alguna ocasión se había encontrado con una foto en la que apenas podía reconocer a aquel joven que había conocido en las vegas. Su rostro había cambiado hasta el punto de inspirar miedo. Sin embargo, ella siempre recordaría a aquel muchacho inocente y despechado, cansado de la vida y desilusionado.
«Me hizo confiar en ella...», le había dicho quince años antes, como si eso hubiera sido el crimen más grande del mundo. Las fotos más recientes mostraban a un hombre de aspecto cruel y despiadado. Era difícil imaginar que ese hombre pudiera ser el mismo muchacho que se había aferrado a ella con lágrimas en los ojos, huyendo de los demonios que lo perseguían dentro de su mente. ¿Qué había sido de aquella desesperación, del dolor? ¿Acaso había sucumbido al deseo de destrucción y había terminado aniquilando su propio corazón? ¿Qué le hubiera dicho después de tantos años?
Ella no era ninguna santa. En esos quince años se había casado, divorciado y había disfrutado de la compañía masculina en toda su plenitud. Sin embargo, aquel encuentro fortuito y fugaz aún vivía intensamente en su cabeza, en su corazón y también en sus sentidos. Jamás había olvidado la sensación de aquella presencia poderosa, el leve roce de sus labios en la despedida...
En ese momento le vio.
Ella estaba de pie en lo alto de una pequeña colina, observando el desfile de invitados, y entonces le encontró entre la multitud. Era muy fácil localizarle, no sólo por su impresionante estatura, sino también por su presencia intensa, magnética, intacta después de tantos años.
Las fotos no le hacían justicia. Aquel muchacho triste se había convertido en un hombre apuesto cuyos rasgos serios, llenos de orgullo y soberbia, hubieran atraído todas las miradas en cualquier lugar. En las vegas lo había visto envuelto en la penumbra, pero la claridad de aquel día primaveral revelaba unos ojos oscuros y profundos, tan enigmáticos como el hombre que se escondía detrás de ellos. Liam había dicho que no acudiría acompañado, y era cierto. Nicholas Jonas caminaba solo y, a pesar de estar rodeado de gente, daba la impresión de ser inalcanzable. De vez en cuando alguien trataba de dirigirle la palabra. Él contestaba brevemente y seguía adelante.
La fotógrafa que había en Miley sonrió para sí. Ante sus ojos tenía a un hombre al que sí merecía la pena hacerle una foto. Y si eso le incomodaba, seguramente la perdonaría, por los viejos tiempos. Tomó una foto, y después otra. Sonrió y avanzó hasta estar delante de él.
Él levantó la vista, vio la cámara y frunció el ceño.
—Guarde eso.
—Pero...
—Y quítese de mi vista.
Antes de que pudiera decir nada él siguió adelante.
Miley se quedó sola y su sonrisa se desvaneció. La había mirado a la cara, pero no la había reconocido... no podía hacer otra cosa excepto seguir caminando con la multitud hasta llegar al templo y ocupar su lugar. No la había reconocido, pero no importaba. Habían pasado más de quince años y ella había cambiado mucho.
«Qué tonta he sido. ¿Cómo iba a acordarse de mí?», pensó, esbozando una sonrisa. Ya era hora de desterrar aquellas estúpidas fantasías románticas y pasárselo bien.
Pasárselo bien... a costa de él... le estaría bien empleado por haber pasado de largo sin siquiera saludarla. La música comenzó a sonar al tiempo que la novia hacía su entrada en el templo, vestida con un despampanante traje de satén y aparentando más de diez años menos. Miley se unió a los otros fotógrafos y se olvidó de todo lo ocurrido. Nicholas estaba sentado en la primera fila. Al verla frunció el ceño durante un instante, como si tratara de resolver un complicado puzle.
Tras pronunciar los votos matrimoniales, los novios avanzaron lentamente por el pasillo, sonrientes, adinerados, poderosos, contentos de haber hecho una buena adquisición. Los invitados comenzaron a abandonar el templo.
—Nick, amigo mío, me alegro de verte.
Al darse la vuelta se encontró con Liam Kinnear. Iba directo hacia él, con los brazos abiertos como quien le da la bienvenida a un viejo amigo.
Nick esbozó una de sus sonrisas de compromiso y saludó al hijo de Greg Kinnear. Liam le presentó a su acompañante, Jennifer Lawrence, y él fingió estar profundamente impresionado.
Juegos de poder e hipocresía... un momento después, tras cumplir con las exigencias de la cortesía, la pareja siguió adelante y Nick respiró aliviado.

De repente oyó un pequeño suspiro risueño a sus espaldas y entonces se dio la 
vuelta. Era la joven de pelo rubio otra vez, riéndose de él como si acabara de representar un papel cómico sólo para ella. Una tensión violenta se apoderó de él; una extraña combinación de dolor y placer que lo tenía en un puño. Era como si el mundo hubiera girado trescientos sesenta grados a su alrededor en un abrir y cerrar de ojos; como si ya nada pudiera volver a ser igual...